Apuntes sobre ciencias sociales y escuela
Autora: Giselle
Castillo Hernández
Coordinadora pedagógica y de proyectos sociales
CDI Colombia
Breve
introducción
Conflicto,
globalización y multiculturalidad,[1] confluyen como condiciones, donde la noción de presente
ha quedado absorbida por el influjo de significados que se
producen en realidades virtualizadas, por demandas sociales
cada vez más diversas y difusas, por el nacimiento de sujetos
políticos inesperados.
En este contexto,
bajo los muros de las escuelas, tratando de asir la realidad
a través de los códigos de la lecto-escritura convencional,
encontramos a los maestros, mientras en el afuera, la sociedad,
inmediata, perceptible, se abre como un gran texto que se
hace cada vez más complejo.
Los
espacios educativos como espacios sociales
La interacción
social como el gran eslabón de las relaciones humanas,[2] da cuenta de los espacios educativos como lugares
donde la Infancia se reconoce en tanto sujeto colectivo, donde
se colocan a prueba las estrategias para vivir en sociedad,
se presenta a los educadores como dispositivo para enseñar
y objeto de estudio.
La sociedad
se construye en todos los ámbitos de socialización. Los recreos,
la entrada, la salida; la preocupación de los docentes por
los jóvenes, quienes se refugian en las pandillas para constituir
su identidad, para obtener un lugar en el mundo; son objetos
que retan al curriculum formal de la escuela, porque proponen
interpretar el conflicto social en las propias aulas como
prioridad de las ciencias sociales desde la perspectiva escolar.
El diseño
curricular, producto de la lucha entre grupos sociales por
posicionar su sentido de la existencia, nos recuerda la no
neutralidad del proceso educativo, la selección cultural como
producto de la hegemonía de unos grupos sociales sobre otros,[3] donde lo legítimo se oficializa y lo demás se convierte
en subcultura, fenómeno que se manifiesta en el desentendimiento
de la población estudiantil por el conocimiento-recontextulizado
ya- que los docentes intentan traducir. La institución escolar
desconoce que la construcción de las identidades se realiza
precisamente bajo el parámetro de la diferencia, que el lugar
en el mundo ofrece una percepción diversa de la realidad:
“Ni las
élites ni los sectores populares, como revela la fragmentación
de sus comportamientos, constituyen una masa homogénea. Precisamente
la gran ciudad que los masificó, los conectó al mismo tiempo
con una gran variedad de ofertas simbólicas –nacionales o
extranjeras-, que fomentan la pluralidad de gustos; requieren
por eso, acciones culturales diferenciadas.” [4]
Contrario
a las tendencias de la época la escuela pretende seguir aislada
en la homogenización, todavía el patrón es el grupo de edad,
afirmando aquella tendencia biologicista del siglo XIX, donde
el común denominador es el control uniformizado del cuerpo.[5] Solo con verificar la estructura espacial de las
escuelas, el diseño de los pupitres, que llama al conocimiento
de escritorio e ignora la importancia del cuerpo en la experiencia
sensible, lo paulatino de los sistemas de adquisición que
olvidan la hipertextualidad del aprendizaje y sus saltos abruptos,
en últimas, la reiteración del orden y del silencio, a través
del cual la fila organiza los cuerpos para disponer los cerebros,
ejercicios que se constituyen en economías corporales donde
se delimita con precisión el espacio y el tiempo del movimiento,
así como la función que debe cumplir, la escuela a través
del curriculum formal establece lo que llamaría un cronograma
de uso del cuerpo.
La antropología
pregunta por el sujeto, por la construcción de la subjetividad,
por la capacidad de interpretar, producir significado y construir
identidades, concibe la escuela como un espacio donde confluye
la multiculturalidad, donde permanentemente entra en conflicto
la diferencia.
La sociología
percibe como problemas la polaridad éxito-fracaso como factor
que exacerba la clasificación, la presión social ejercida
por el grupo en tanto mecanismo de autorregulación y control,
determinantes en el aprendizaje,[6] las condiciones socioeconómicas de la población estudiantil,
el género, el predominio de la fuerza sobre el debate, entre
otros, como ejes que ayudan a definir el tipo de relaciones
sociales que se desarrollan en la escuela.
A nivel general
la tradición sociológica ha realizado aportes esenciales para
la comprensión del sistema escolar, la educación ha sido condensada
como un campo de las sociologías especiales desde finales
del siglo XIX hasta la actualidad. Desde el saber antropológico,
si bien no existe una denominación como antropología de la
educación, si hay todo un recorrido sistemático a través de
múltiples investigadores que han estudiado el desarrollo de
los mecanismos de transmisión y preservación de la cultura
a partir de las pautas educativas de cada grupo social.
La sociología
ha aportado tesis decisivas para explicar cuál es la función
de la escuela en la sociedad, se ha preocupado por comprender
la institución desde una perspectiva sistémica, ha establecido
las tensiones que marcan las relaciones entre los agentes
educativos. A su vez la antropología ha aportado instrumentos
de investigación para perfilar los dilemas de la cultura escolar,
presentando una visión de la escuela desde su propio interior.
Ambas disciplinas
plantean problemas que permiten a los docentes reflexionar
sobre sus prácticas, profundizar en su papel como agentes
que facilitan la comprensión del mundo y cuestionar la institución
escolar frente a las demandas de la sociedad contemporánea.
La sociología
y la antropología se constituyen en disciplinas que definen
la escuela como espacio social, aportando las herramientas
teóricas y metodológicas, que han sido elaboradas desde la
construcción de la educación como un campo con su propia lógica,
ambas ciencias presentes implícitamente en el curriculum formal,[7] y simultáneamente como parte de prácticas objetivantes
que han colocado la escuela como terreno de estudio.
La escuela
colombiana como espacio de encuentro de muchas realidades,
que se pueden sintetizar enunciando la diversidad cultural;
la entrada a las aulas de niñas, niños y adolescentes que
han vivenciado los múltiples conflictos sociales y políticos
de un país convulsionado, que pertenecen a poblaciones vulnerables
o que son lanzados a la periferia de las ciudades; cuyos derechos
son violentados a diario a través del maltrato, el abuso,
la violación, la explotación; que padecen discriminación por
sus condiciones físicas o étnicas, entre otros, se vislumbra
como espacio que debe ser asumido en su complejidad. ¿Cómo
afecta este conjunto de características, -todas ellas problemáticas-
el aprendizaje, la formación y las estrategias de los docentes?
¿Acaso la realidad no modifica al curriculum formal? Ya la
pedagogía crítica ha planteado que el curriculum formal queda
rezagado como convencionalismo frente a la fuerza que detenta
en la cotidianidad escolar el curriculum oculto, que se constituye
en un conocimiento práctico a partir de la interacción social
donde se potencia la cultura y los valores que traen los sujetos
y que son distintos a los que ofrece la escuela. En este
contexto la tradición crítica en la enseñanza, busca articular
la teoría curricular a una teoría social,[8] ya que la escuela se entiende como un espacio social,
definido por la desigualdad y el conflicto.
De esta manera,
los docentes en formación necesitan manejar elementos teóricos
básicos que les permitan comprender la escuela y responsabilizarse
de reformular lo oficial de la enseñanza, tomando como referente
una población estudiantil, que accede a la educación en desventaja
cultural si tenemos en cuenta que el manejo de los códigos
elaborados, que predominan en la institución escolar, depende
del contexto social de origen.[9] Por otro lado, atendiendo a la problemática de nuestra
nación es preciso indagar cómo se pueden instaurar prácticas
que no deslinden escuela y realidad, ya que los problemas
sociales de nuestra nación atraviesan transversalmente la
vida cotidiana de las escuelas, la escuela es la sociedad
misma y los maestros no pueden estar ausentes de una construcción
del conocimiento escolar cercano a las expectativas vitales
de los estudiantes.
Esta posibilidad
la brinda una mirada de la escuela desde la sociología y la
antropología, no solo en relación con las áreas sociales y
humanas que están presentes en el curriculum oficial sino
en el contexto mismo de la vida cotidiana de las instituciones,
donde cualquier situación puede potenciarse para generar aprendizajes
cargados de significado. La escuela debe recordar que la
población estudiantil es correlatora de los conflictos sociales,
que la disposición para asumir el discurso pedagógico no depende
solo de la voluntad, que aunque pasen desapercibidos, los
intereses de los estudiantes superan cualitativamente los
mínimos que la escuela les propone, pero estos actores no
tienen voz a la hora de definir qué es lo prioritario, no
se discute lo que el maestro lleva al aula. Cómo entonces
se espera formar individuos propositivos si jamás se les otorga
la palabra para que aporten en la construcción del conocimiento?
Así la escuela
no puede restringirse a repasar contenidos, necesita ampliar
la frontera cognitiva y social, responder a ciertas demandas
específicas de los sujetos, una de ellas: educar para la vida,
pero también para la esperanza,[10] ya que no solo son los problemas sociales lo que nos
aquejan, también la falta de sentido. Los docentes necesitan
balancear de otra manera el conocimiento que recontextualizan.
Hace varias décadas los muros de las escuelas se están derrumbando
frente a discursos de otro orden, como el de los mass media,
que educan transversalmente, proponen una perspectiva de mundo
donde está ausente el control de los adultos y colocan en
escena temas centrales a los intereses de las jóvenes generaciones,
un discurso banalizado que tiene más legitimidad que el discurso
pedagógico.
Los muros
en tanto símbolos caracterizan a la escuela, un alejamiento
del mundo se produce en su interior, una suspensión temporal
de la individualidad. Precisamente los estudiantes reiteran
el agotamiento con las aulas porque la escuela no visibiliza
la visión infantil y juvenil de la vida. La hegemonía tutelar
de la escuela hace décadas está en crisis, es necesario mirar
la institución como contexto, donde una comunidad sigue asistiendo
obligada, donde los rituales que cumple han marcado la dialéctica
entre logro y desahucio, porque es la institución que más
seres desecha ejerciendo presión social sobre los individuos
para que asistan a la uniformización.
Ya hace más
de una década que se instó a la construcción de comunidad
educativa, en la educación básica en Colombia,[11] pero recordemos que el sentido de comunidad se logra
solo a través de fines deseados colectivamente. Y en la proyección
que se realiza sobre los ejes que guían la práctica escolar,
aunque legalmente admitidos, los estudiantes y los padres
de familia, como actores, no participan del ejercicio de construcción
de lo oficial, aunque están presentes en instancias como el
Gobierno Escolar todavía su voz está filtrada por otros agentes
que conservan la autoridad.
Las figuras
importantes y diferenciadas del Personero y del Representante
Estudiantil han quedado establecidas nuevamente como formalismos,
y el Manual de Convivencia[12] como una serie de normas que no expresan la verdadera
dimensión de los conflictos. Los padres de familia solo han
entrado a través de mecanismos de representación al espacio
escolar pero no participan de sus decisiones cruciales, los
estudiantes conocen del proyecto Educativo Institucional únicamente
por una frase que probablemente esté enunciada en la pared,
pero que no alcanza su vida escolar. Como si la escuela pudiera
absorber todo lo nuevo y rutinizarlo.
Frente a
esta otra dimensión del problema, los educadores en formación
necesitan apreciar las condiciones sociales de la escuela
como una oportunidad de posicionar a los sujetos, a la comunidad
y a la sociedad como interlocutores. La escuela no puede
seguir monologando mientras las relaciones sociales se hacen
más complejas, tratando de hacer competentes a los sujetos
en campos que no les interesan.[13]
Las herramientas
que pueden brindar la sociología y la antropología en esta
tarea son de tipo teórico y metodológico, la investigación
en el aula debe ser empleada como una estrategia que potencie
la práctica docente. Ésta no debe ser solo potestad de agentes
ajenos a la escuela sino de sus protagonistas, quienes se
ven confrontados como profesionales en sus expectativas por
una realidad avasallante. Retornar a la práctica desde la
práctica misma haciendo uso del recorrido que ya han realizado
ambas disciplinas, que son las que concibieron los espacios
escolares como territorios de investigación prolíferos.
De esta manera
sociología y antropología se abren como posibilidades de constituir
a los docentes en formación en docentes-investigadores, [14] ya que su presencia en la escuela les permitirá afectar
su práctica pedagógica, agenciarla desde una perspectiva socialmente
válida.
Por otro
lado la escuela necesita de nuevos saberes, que ya están presentes
en las comunidades, la oportunidad que tienen los educadores
de hoy es justamente la diversidad y el riesgo de confrontar
su visión de mundo: escolar y escolarizada frente a visiones
que se han formado por fuera, las percepciones de los excluidos,
de los fugados de los ambientes escolares, preguntarse por
la trayectoria de los sujetos que la escuela “desechó”
académicamente o moralmente, compararlas con las trayectorias
de los sujetos que promovió, en últimas aplicar la estrategia
de verse en presente y en futuro, proyectada sobre sujetos
y comunidades, que son los directos afectados por la práctica
docente.
No olvidemos
que la escuela en el mundo, es un espacio privilegiado para
la construcción de ciudadanía, en tanto allí permanecen durante
largos años, franjas completas de población estudiantil cuyo
único contacto con lo público lo brinda la escuela, en tanto
es la institución que hace presencia cotidiana en las comunidades.
Necesitamos reconocernos en la diferencia en un mundo de
tendencias globalizantes, esa es la demanda que realizan las
jóvenes generaciones cuando ya no elaboran preguntas y dirigen
su mirada más allá de los ventanales de las escuelas, cuando
fortalecen sus formas de comunicación por fuera de la relación
pedagógica. Así los maestros en formación deben replantear
los modelos con los que fueron educados y revisar desde el
adentro de la escuela la posibilidad de construir con las
niñas, los niños y los jóvenes una escuela incluyente e inquieta,
ajustada a la imaginación infanto-juvenil y suspendiendo por
lo menos dentro de ella el adulto-centrismo[15] que la caracteriza.